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sábado, 28 de marzo de 2015

Manifiesto unipersonal


Cuando tenía un alma con coreografía de estreno en Broadway.

Cuando creía que el mundo era transformable como un mecano.

Cuando era defensor de oficio de todos los culpables.

Cuando creía en los dioses pero me dormía en las iglesias.

Cuando saltaba por la ventana por temor a las puertas abiertas.

Cuando tramité el salvoconducto para poder llegar a don nadie.

Cuando bailaba con chicas que se llamaban Ginger Rogers
en la cubierta de un barco ebrio admirador del Titanic. 

Cuando caía la noche y toda mujer era una posibilidad de pirotecnia salvo las muertas.

Cuando dormitaba en el jardín de mi cerebro una imaginación sin plagios.

Cuando poseía la curiosidad de los cachorros y la inseguridad de los funambulistas aficionados.

Sueño arriba o abajo, -se me paró el reloj imaginario-
fue cuando me sorprendió la madurez 
huyendo de la estabilidad
y queriendo una vida estable.

Han pasado desde mi refundación
trenes que no he cogido 
y aviones de los que me apeé en marcha.

Han pasado mis posguerras
pero todavía no he alcanzado la paz.

Ahora quiero ser bueno 
y, a ser posible, sabio.

Esas personas que se conforman
con lo que tienen
y alcanzan a conocer a qué han venido
y por qué y cuándo conviene marcharse.
Con un asomo de tristeza, amor, 
porque nunca llegaré a ser bombero, ni Gulliver ni mi padre.


© Mariano Crespo
© fotografia. LAS ACEITUNAS DE CÁDIZ. Paloma M. Barroso

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